Hoy he ido a Valencia con mi iPod.
El trayecto ha sido lento, el tren parecía cansado y se me han hecho una eternidad los quince minutos que me separan de la ciudad. Me he dedicado a mirar por la ventana, con la música a tope, imaginando en cada centímetro del paisaje todas las personas que deben haber pasado por ahí a través del paso de los años. He imaginado con deleite los graffiteros, aquellos que han pintado el sinfín de graffitis que cubren los muros de las vías, todos juntos, codo a codo, ayudando a mejorar las vistas para los despistados que vamos en el tren observando cada una de las obras de esa galería urbana. Disfruté tanto imaginándolo que incluso sorprendí a mi reflejo en el cristal sonriéndole al paisaje.
Por el camino se ha sentado a mi lado un chico con auriculares amarillos, tenía una mirada triste. Lo he mirado de reojo un par de veces y también he imaginado su historia, una de esas de amor trágico. De fondo mi música melancólica.
Al llegar a la estación norte la gente ha salido en desbandada, con prisa, una absurda carrera hacia distintos destinos. Yo he salido con parsimonia, disfrutando del paseo y viendo pasar las rápidas vidas de los apresurados. He mirado hacia arriba y me ha sorprendido la altura del techo de la estación, después he observado con atención los elementos que componen el edificio en sí y, maravillada, he imaginado todos los trenes y personas que deben haber pasado por donde yo estaba caminando.
Al salir de la estación he respirado el húmedo aire de Valencia, contemplado su cielo azul y admirado sus edificios neoclásicos. He pensado nuevamente en las vidas de las personas que se abarrotaban en la calle Colón y poco después, al ritmo de la música, he bajado las escaleras de la parada del metro de Xàtiva.
El aire con olor artificial del metro ha vuelto a inspirarme a imaginar historias enrevesadas en andenes subterráneos y despedidas tristes. Como una confirmación divina, una pareja muy tierna se besaba entre el ir y venir de la gente, una especie de instante flotando en el tiempo entre todos los relojes apresurados de los que llegaban tarde a quién sabe dónde.
Unos minutos más tarde me subía en el metro dirección Alboraya. Me he quedado de pie escudriñando por el reflejo de los cristales las caras de la gente, con la guitarra de Angus Young resonando en mis auriculares. Dos paradas más tarde, la voz cansina de la mujer del metro ha anunciado Facultats, y un sinfín de jóvenes con mochilas se ha levantado de su asiento.
He salido del vagón y, junto al gentío acelerado, me he dirigido hacia las escaleras. Todos han optado por las mecánicas pero yo, siguiendo el ejemplo de dos o tres personas, he subido por las normales.
El sol de Blasco Ibáñez me ha cegado un momento dando paso luego a la vista de los árboles, las facultades y los cientos de estudiantes que merodean diariamente por esta zona.
He cruzado hacia el paseo de árboles y me he dedicado a vagar por ahí unos minutos disfrutando del sol, el aire fresco y la música. El reloj me ha sacado de mi ensimismamiento y me he dirigido hacia el Mestalla. Poco después he cruzado corriendo una calle muy ancha con mi semáforo en rojo y un coche me ha pitado mientras su conductor me miraba con cara de desaprobación.
Pocos minutos más tarde he llegado a mi destino, me he quitado los auriculares y se ha esfumado la magia.
He llamado al timbre, me ha contestado la voz de Mary, he abierto la puerta, saludado al portero y me he subido en el ascensor mientras guardaba el iPod en el bolso.
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