Últimamente he estado observando mi vida en general y me he dado cuenta de que me hago mayor. Me sorprendí mirando a las chicas de trece o catorce años con nostalgia, ¡NOSTALGIA! Y entonces me sentí como toda una anciana achacosa que ya no puede disfrutar plenamente de su vida. Muchos me dirán que ahora es que empieza lo bueno, pero sin duda echo de menos esa ausencia de conciencia de los catorce años, la irresponsabilidad, la insensatez....todas esas cosas por las que te llaman inmadura.
Pero hoy me ha pasado algo que me ha hecho muy feliz. Me he levantado para ir a clase y he bajado a por el desayuno, como había leche (me he fijado en si era entera...¡sí, lo era!) me he dispuesto a prepararme un colacao. El caso es que he metido el vaso en el microondas, le he puesto 1:20 y he ido a por el bote de colacao y la cuchara. He vuelto antes de que acabara y me he fijado en que solo quedaban cinco segundos, así que he esperado hasta que solo quedara uno y, apurando al máximo, ¡he abierto el microondas antes de que llegara a 00:00! Sí, lo he conseguido, no ha sonado el pitido y lo cierto es que me he sentido como una experta en explosivos que acaba de desactivar una bomba. Luego me he parado a pensar... las chicas de dieciocho años no hacen estas cosas. Y aunque parezca ridículo me ha hecho muy feliz.
En su momento, como todo adolescente, quise crecer demasiado rápido y desaproveché el tiempo intentando ser mayor. Hoy recupero esos momentos con cosas como esta, o con otras como saltar en los charcos, no pisar las líneas del suelo, mojarme con los aspersores, salir sin paraguas cuando llueve sin importarme el pelo o el maquillaje, bañarme en las acequias o jugar por el suelo con los niños pequeños a riesgo de romperme un tacón o ensuciarme la ropa (razones absurdas de la gente para no pasárselo bien). En definitiva, esas son las cosas que más feliz me hacen, aquellas por las que me tachan de infantil.
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