Me gustan los trenes, esos ciempiés de acero y plástico que se dedican a ir y venir con su traqueteo por las vías.
Me encanta la vibración de los cables cuando se acerca uno, el temblor en el suelo que producen y el famoso efecto doppler.
Me hace gracia la gente cómo, metida ahí dentro, también va y viene a través de los raíles cruzando campos y ciudades.
Me gusta mirar las personas que van en el tren, las que van acompañadas en su parloteo, las que van con maletas, las que vienen de compras, las que hablan por teléfono, las que van o vuelven del trabajo.
Pero los que más me gustan son los melancólicos, esos que van solos en el tren, siempre al lado de la ventana mirando pasar el paisaje o mirando pasar sus pensamientos.
Me encanta la vibración de los cables cuando se acerca uno, el temblor en el suelo que producen y el famoso efecto doppler.
Me hace gracia la gente cómo, metida ahí dentro, también va y viene a través de los raíles cruzando campos y ciudades.
Me gusta mirar las personas que van en el tren, las que van acompañadas en su parloteo, las que van con maletas, las que vienen de compras, las que hablan por teléfono, las que van o vuelven del trabajo.
Pero los que más me gustan son los melancólicos, esos que van solos en el tren, siempre al lado de la ventana mirando pasar el paisaje o mirando pasar sus pensamientos.
Algunos llevan los auriculares puestos y, apoyada la barbilla en la mano, observan como transcurren a su lado los campos, el mar o los pueblos y ciudades.
Me gustan sus caras de concentración, de tristeza o las miradas ausentes que presentan algunos. Daría lo que fuera por poder ser uno de los cristales que cubren las ventanas de los trenes para poder observar de cerca a los melancólicos que miran a través de ellos, poder analizar sus rostros, escrutar su mirada ausente, me encantaría intentar averiguar por sus expresiones lo que están pensando. Daría lo que fuera por saber el porqué de su tristeza, saber qué es lo que dejan atrás, qué esperan encontrar al final del trayecto, a quién echan de menos o simplemente porqué viajan.
Me gustan sus caras de concentración, de tristeza o las miradas ausentes que presentan algunos. Daría lo que fuera por poder ser uno de los cristales que cubren las ventanas de los trenes para poder observar de cerca a los melancólicos que miran a través de ellos, poder analizar sus rostros, escrutar su mirada ausente, me encantaría intentar averiguar por sus expresiones lo que están pensando. Daría lo que fuera por saber el porqué de su tristeza, saber qué es lo que dejan atrás, qué esperan encontrar al final del trayecto, a quién echan de menos o simplemente porqué viajan.
Luego están los melancólicos tristes, ésos que se ponen, además de los auriculares, las gafas de sol y de vez en cuando ves resbalar alguna lágrima por debajo de las mismas, lágrima que secan inmediatamente antes de que ningún extraño los vea llorar.
Estos son mis favoritos, aquellos que tienen una historia triste detrás, que huyen de un pasado yéndose lejos con la esperanza de encontrar algo mejor en la última parada del tren en el que viajan. Me gustaría saber su historia para poder comprender la mirada de tristeza de sus ojos, esos ojos en los que, a medida que avanza el tren, se reflejan árboles, carreteras, casas, gente en sus vidas cotidianas que, ajenos todos al dolor de los ojos de los melancólicos, se reflejan en ellos cuando los trenes pasan.
Estos son mis favoritos, aquellos que tienen una historia triste detrás, que huyen de un pasado yéndose lejos con la esperanza de encontrar algo mejor en la última parada del tren en el que viajan. Me gustaría saber su historia para poder comprender la mirada de tristeza de sus ojos, esos ojos en los que, a medida que avanza el tren, se reflejan árboles, carreteras, casas, gente en sus vidas cotidianas que, ajenos todos al dolor de los ojos de los melancólicos, se reflejan en ellos cuando los trenes pasan.
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