Vuelve una vez más ese deseo irrefrenable de echar a correr. La idílica huida de la realidad bajo el habitual manto de lluvia helada, con su viento frío y la definitiva despedida de todo lo que queda a las espaldas.
¿Razones? Tantas que se reducen a nada, o tal vez tantas excusas que se quedan en un mero intento de justificación.
Lo único que se hace tangible, que se materializa, es la repulsión a la rutina y el impulso de huir.
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