jueves, 22 de abril de 2010

Primera parte


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Llueve a cántaros mientras corre hacia la casa abandonada. El camino, plagado de hierbajos, se le hace eterno, y siente como el frío le entumece el cuerpo. Se detiene un momento en la puerta, con el agua empapándole la ropa, el pelo y el rostro, y piensa en que podría haber mendigos o gente indeseable en la casa guareciéndose de la lluvia. Un escalofrío le recorre la espalda. Es enero y está calada hasta los huesos, como no se ponga a cubierto pronto cogerá una neumonía y cree ser demasiado joven para morir.
La puerta está entreabierta, la empuja con fuerza y ésta emite un rugido de óxido que la sobresalta. El interior está como la boca del lobo. Se queda quieta, con la espalda pegada a la pared que está al lado de la puerta mientras sus ojos se acostumbran a la oscuridad. Al cabo de un par de minutos consigue distinguir la estancia principal, con su lámpara de araña llena de polvo, la escalera que conduce al segundo piso, las siluetas de algunos muebles, la gran chimenea apagada y las puertas que conducen a la cocina y al sótano.
Se relaja un poco al no ver a nadie, aunque no descarta que estén en el sótano, en la cocina o en el piso de arriba. Hace acopio de valor y se adentra un poco en la oscuridad, donde la lluvia casi no se oye y el polvo que flota en el ambiente se le pega en la nariz haciéndola estornudar.
De pronto oye un ruido en el piso de arriba. La madera del techo que se encuentra encima de ella cruje y se curva. Un grito escapa de sus labios y tiene el tiempo justo de apartarse antes de que una viga se desprenda y caiga justo donde estaba hace un momento. Una nube de polvo la envuelve haciéndola toser y el corazón se le está saliendo del pecho cuando alguien le pone la mano en el hombro.
Con el estruendo de la caída de la viga no lo ha oído llegar.
Da otro grito e intenta vislumbrar el rostro del dueño de la mano entre el polvorín que se ha levantado.
Está apunto de gritar otra vez cuando se da cuenta de que quien la sujeta es sólo un crío. No debe tener muchos más años que ella, o tal vez incluso menos. La mira con cara divertida y su rostro, lleno de mugre, le parece simpático. Aún incapaz de proferir palabra alguna, se queda quieta observando desconcertada al chaval que sigue mirándola con una sonrisa.
-¡Hola!
No contesta, aún tiene el corazón desbocado y se siente descolocada, la cabeza le da vueltas. Empieza a ver luces, la oscuridad se apodera de su visión y la lluvia deja de sonar en sus oídos dando paso a un intenso zumbido.
Nota un agradable hormigueo en las manos y en los pies. Calor. Con los ojos aún cerrados sonríe y se siente a gusto. No sabe donde está, no recuerda nada, pero la comodidad del lugar donde se encuentra hace que no quiera abrir los ojos. Oye un suave murmullo de voces y entreabre los ojos.
Una habitación pequeña con fuego en una chimenea elegante pero llena de polvo, y un joven con un bebé en brazos. Los dos están vestidos con harapos.
Se incorpora sobresaltada recordando de pronto su gélida carrera entre la lluvia, el desprendimiento de la viga y el joven sonriente.
El chico y el bebé voltean la cabeza para mirarla. La niña da un grito de alegría e intenta zafarse de los brazos del joven para correr hacia ella. Él la regaña cariñosamente y la sujeta con firmeza.
Se pone en pie con la niña en brazos y se acerca sonriendo. Ella se echa hacia atrás.
-No tengas miedo, no vamos a hacerte daño- la sonrisa burlona de hace un rato vuelve a asomar-. ¿Qué hace una señorita corriendo campo a través un día de lluvia como éste y resguardándose en una casa en ruinas?
-Esta casa pertenece a mi familia, me gustaría saber qué haces tú con esta niña en MI casa.
La sonrisa se desvanece de la cara del chico y la niña, que tendrá un año o dos, lo mira a punto de llorar.
-Vaya, así que has venido a echarnos… Mira, no pienso irme de aquí en un día como éste con mi hermana, ¿sabes? No voy a ser yo el responsable de su muerte. Si queréis echarnos que vengan y nos saquen, yo…
-No vengo a eso, yo… me he escapado de casa.
El chico deja a la niña en el suelo y se echa a reír.
Ella lo mira desconcertada.
-¿Se puede saber de qué te ríes?
-La típica niña de papá que se escapa de casa...¡Estás loca!-de nuevo su sonrisa se transforma en una mueca-. ¿Cómo te llamas, si puede saberse?
Ignorando la expresión burlona del rostro de él, saca todo el orgullo que puede y le contesta.
-Helena, ¿y tú?
-Yo Marcos, y ella es mi hermana, Sofía- mira a la niña con infinita ternura-. ¿Y se puede saber por qué te has escapado de casa?









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